La contradicción del amor

Te contaré un secreto. O no. No sé. Desde que me dijeron que escribiera ya no sé qué decir y qué no. La mayoría de las veces sólo quiero pegar un puñetazo a la pared o a quien sea que se ponga por delante. Es lo que solía hacer. Mi forma particular de escapar a los putos interrogantes de la vida.

 

Y, ahora me encuentro frente al ordenador, tratando de hacer algo que valga para algo, algo que merezca la pena. Mientras tanto me llegan los acordes de Helium desde la habitación en la que se encuentra mi compañero de piso y vuelve a mí, la misma pregunta, qué vale para algo.

 

Me lo preguntaron el otro día: ¿estás haciendo lo que quieres? Ya sabéis, con ese doble sentido y falsa sonrisa de aquel que se cree feliz y trata de ocultar la decepción de su propia vida metiéndose en la de los demás. ¿Y que pretendiera que respondiera? ¿Qué soy un puto amargado?

 

¡Claro que hago lo que quiero! Es el resumen de mi vida. No he seguido una regla desde que nací más que las imprescindibles para poder convivir. Ese portarse bien por portarse bien no es más que otra proyección del egoísmo que impera en este mundo. Y aquí estoy. No me va tan mal o, al menos, eso me repito constantemente cuando me quedo en silencio. ¿Y se hubiese vivido una mentira? ¿Y si no me fuera tan bien como creo? Peor aún, ¿y si me pudiera ir mejor? Son el tipo de preguntas para las que prefiero no encontrar respuesta.

Siempre me ha fascinado esa ansia natural del hombre por mejorar. Esa insana insatisfacción que le acompaña a todas partes y hace de él un predador que siempre necesita más, que se recrea en los deseos más íntimos del corazón y los desvirtúa hasta convertir al hombre más puro en un animal que responde sólo a instintos.

 

Pero que bien se le da a todo el mundo encontrar una justificación hasta para la actuación más reprobable y asquerosa. La mejor es la de lo hago por amor a” –a mi familia, al trabajo, al bien común, a lo que sea–. Lo mejor de esta frase no es la tremenda contradicción en la que caen los que la sostienen para infringir sus propios principios y cruzar las líneas que se marcaron en la juventud, sino el auténtico convencimiento que genera en ellos. Y de esta forma convierten su máxima –el amor–en la excusa perfecta para hacer lo que sea necesario (aunque ello implique llevarse el propio amor por delante).

Ya sabéis, ese tipo de cosas como: te miento, pero porque te quiero. ¡Joder! Es que nadie se da cuenta que no tiene ningún sentido. ¡De que es una puta contradicción!

 

Pero no, parece que no. Y, al final del día, el cabrón es aquel que acepta y dice lo que de verdad piensa todo el mundo, pero nadie va a reconocer. ¡Te miento porque no te quiero! Porque si de verdad tuviera la capacidad o existiera un universo en el que pudiera quererte, mentirte jamás sería una opción. ¿no es esa la gracia del amor? ¿Sino para qué sirve decir: te quiero?

 

Un chico.

 

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