Sobre prejuicios

No busco ser especial. Ni que me mires. Ni que me digas nada. No necesito que me cuentes lo que piensas, si haga lo que haga o diga lo que diga, tú vas a seguir pensando igual. No tengo un problema contigo. Ni con nadie. De hecho, seguramente, en alguna parte, seas una buena persona. Al menos, puede que en algún sentido lo intentes hacer bien. O no. La realidad es que hay de todo en esta vida. Por eso, sinceramente, no me importa. Te voy a mirar igual. Lo creas o no.

Pero si tengo un problema con los prejuicios. Esos con los que te vistes cada mañana para salir a trabajar. O lo que sea que tengas que hacer. Esos que paseas mientras vas por la calle, pensando que conoces a alguien solo con mirarle. Por su corte de pelo, su ropa, su peso o su maquillaje. Esos que, en lugar de romperse, suelen hacerse más grandes en una conversación. En un intercambio de opiniones en los que no importa escuchar, sino dejar bien claro que piensas lo que piensas, no lo vas a cambiar.

Si la conversación es en grupo (porque no sueles atreverte a dialogar en la corta distancia, donde sabes que eres vulnerable) acostumbras a hacer gala de tu ignorancia con una prepotencia difícil de rebatir. No hay discusión en la que no intervengas. Siempre con frases fáciles y sencillas, diseñadas al gusto de todos. Al menos, de la mayoría. Porque has aprendido y sabes que el resto nos vamos a callar. A veces, por respeto. Otras, por no malgastar nuestro tiempo.

Si tienes la mala suerte de que en algo concreto te cruzas, de forma inesperada, con alguien que sabe o ha leído sobre el tema; vas al chiste fácil. Ridiculizas a la persona, desviando la atención para que nadie se pare a pensar lo precario de tus argumentos. Son los de siempre. Los que se ven todos los días en los medios. Los que están al alcance de todos. Y para nada importa la historia o la filosofía. Los datos macroeconómicos o entender las estadísticas. Ya no hace falta leer libros. Más que eso, entenderlos. Ya que, cualquiera puede sacar sus propias conclusiones de lo que paso hace más de quinientos años o lo que alguien quiso expresar con su obra hace doscientos. Se ha democratizado el conocimiento, creyendo que es una cuestión de opiniones. Se niega la realidad para que nadie se sienta ofendido. Y de esta forma, cualquiera pueda ser su propio Aristóteles o Picasso. Se ha confundido leer con entender. Como si el conocimiento fuera una mera cuestión de cantidad. Y de esta forma uno puede concluir en unas horas lo que otros han tardado una vida.

Como todo es relativo, no se puede afirmar nada sobre nada. Y, al mismo tiempo, se puede decir todo sobre todo. Todo menos una cosa. La verdad. Y, ahora, seguramente dirás: “tu verdad”. Y esa es la gran diferencia. Tú crees en tu verdad, y, además, asumes que cada uno cree en la suya. De ahí tu convencimiento que la verdad de ningún otro debería ser superior a la tuya. Y ahí tienes razón. Pero, yo no te hablo de mi verdad, ni de la tuya, ni de la de nadie más. Te hablo de lo que sucede en la realidad. Al margen de lo que tú o yo pensemos. Te hablo de que puede ser incierto. Pero para eso se construyen ciencias y se prueban las cosas y se trata de hacer, poco a poco, a lo largo de los años, al menos, un poco más cierto. Y si renuncias a esto último, si las cosas no se pueden probar ciertas, ¿por qué insistes tanto en defender tu infundada opinión? Hablemos del tiempo. O ni si quiera de eso. No lo perdamos en cosas que no llevan a ninguna parte. Pero si, por el contrario, existe una realidad, no te creas tan egocéntrico de pensar que toda ella depende de ti. Que está configurada según piensas. Para eso la historia integra los huecos. Pero una historia estudiada en profundidad. Puesta a prueba. Algo que se hace con preguntas. Pero tú no sabes lo que es eso, ¿verdad? Tú solo afirmas, aunque parezcas el más tolerante y conciliador a los ojos de los demás.

Podrás echarme en cara que te prejuzgo. Pero yo no hablo. Escucho. Te he escuchado tantas veces que he perdido la cuenta. Esto no es un prejuicio. Es una comprobación a base de prueba y error. No te imaginas la de veces que he tratado de demostrar falsa mi hipótesis, pero desgraciadamente tú siempre la confirmas. Por eso, hoy he decidido dejar de callar y hablar. Creo que, a veces, la realidad también merece ser defendida. Más que por mí, por ella. Y por todos a los que encandilas y engañas como un día hiciste conmigo. Tranquilo. Esto no es una aseveración inamovible, ni un dogma de fe. Yo siempre que te vea, haré el mismo ejercicio y me preguntaré si, quizá hoy es el día, en el que das la vuelta a mi escrito. En el que mi hipótesis deja de valer. Asumo que jamás será una teoría. Porque jamás te juzgaré. Siempre tendré la esperanza de que entiendas lo que digo. No me creo ni mejor ni peor, ni digo que yo no me equivoque o falle. Yo, solo, como un científico, escribo lo que he visto.

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