Te diré la verdad

Te diré la verdad. La puta verdad. Porque o lo dices así o ya no suena lo suficientemente bien. Lo suficientemente fuerte. Con gancho, ya sabes. Para que sigas leyendo y no guardes tu móvil en el bolsillo o cambies a Facebook porque leer más allá de dos párrafos supone un auténtico esfuerzo.

Hay que darse ese aire de chulito de bar despreocupado al que todo en la vida le resbala. Ni te va ni te viene y, entonces, te conviertes en auténtico, porque nada te importa. Porque no rindes cuentas a nadie. Y si a alguien le molesta, ¡qué se joda! Que aquí uno no viene a dar explicaciones a nadie. Y, entonces, ganas fuerza. La gente te escucha. Porque no rindes cuentas a nadie. Porque, parece, que tienes suficiente personalidad como para decir lo que te cruza la cabeza. Y eso, eso hoy en día, en el mundo de la mentira, no tiene precio.

 

Y, entonces, mientras me sirvo un gin tonic y dejo a Sinatra sonar de fondo, continúo construyendo esa personalidad ficticia que tanto triunfa en los medios y te hablo de la fugacidad del amor. Porque por muy duro que sea, no puedo renunciar a mi encanto conquistador. Ese del que me hago el sorprendido, pero al que tanto tiempo dedico. Ese tópico de película ochentera. Ese rollo vintage que está tan de moda.

Y tú me lees, atenta, asintiendo con la cabeza. Porque no te digo lo que pienso –algo a lo que renuncié tiempo atrás cuando descubrí que la esfera social castiga todo aquello que vaya en contra del pensamiento establecido–, sino aquello que quieres oír. Bien envuelto en bonito papel de regalo. Y, la verdad, es que no es difícil porque mires donde mires encuentras lo mismo plasmado en todas partes. Hasta tal punto que casi hasta estás predispuesta a que te guste lo que te digo.

 

¡Sé libre! ¡No te ates! ¡Que nadie te condicione! ¡Te amo, pero mientras me apetezca! ¡Que sea algo abierto, sin normas, sin reglas! ¡Que nos dé margen para que no nos agobiemos! Sino sufrirás… En definitiva, quédate solo. O sola. Ábrete, pero nunca del todo. Guárdate un as bajo la manga. Ten siempre pensada una vía de escape. Sacrifícate sólo por ti. Y tú, tú mismo, tú misma, puedes realizarte solito y sin ayuda de nadie.

 

Y, al mismo tiempo, que te lanzo estos mensajes subversivos, comparto contigo historias de amor diseñadas desde el egoísmo pero que entran por tus ojos y parecen auténticas obras de romanticismo. Te enseño como no hay acto más romántico que entregar tu cuerpo a un desconocido. Como dejarse arrastrar por la pasión te convierte en genuino. Y como someterse a los deseos sin compromiso te libera y te da el control. Y quien no se apunte es un raro, un marginado o alguien al que le lavaron el cerebro de pequeño y aún no sabe cómo disfrutar.

 

Y tú me escuchas. Y me sigues. Porque hago como que te quiero. Regalándote trocitos de mi tiempo, que copio y pego en otras conversaciones, para diversificar. Y lo peor de todo es que tú lo sabes, quizá no con una certeza absoluta, pero lo sabes. Y será lo que meses más tarde cuando uno de los dos finalmente se canse –yo porque te has vuelto aburrida o tú porque llegues a ese punto en el que tu corazón no te deje negar ya más la cruda realidad– te hará decir: “¡Era un capullo! Siempre lo fue.” Coreada por tus amigas que pensaban exactamente lo mismo, y, por aquellas otras, a las que les das tan igual que, como yo, te dirán siempre lo que quieras oír.

 

Pero peor aún es que sabiéndolo, no haces nada para cambiarlo. Porque, en el fondo, te gusta que sea así. Un capullo engreído que pasa de todo y no rinde cuentas a nadie pero que, al final de la noche, se acuerda de ti. ¡Qué especial has de ser para que alguien como yo, que pasa de todo, te escriba a ti! Ahí empezará tu pasión por quererme cambiar. Y esa, ¡precisamente esa! es la más mortal de mis trampas. Pues pasaré a importarte de verdad.

Y no te das cuenta que las personas, cuando de verdad quieren cambiar, no tienen miedo a esperar.  Pero yo no quiero cambiar, ni que me cambies, ¿para qué? Si cambie o no, tú sigues ahí detrás. Soportando cuanto me apetezca. Asintiendo con tu cabeza y demasiado cegada para ver que mientras te escribo, ni si quiera pienso en ti.

 

Las personas que buscan cambiar, empiezan sin pedir. Y yo, por el contrario, te lo estoy quitando todo, sin darte nada a ti. Así que no sigas, entérate ya, que te estoy usando para calmar mi soledad. La asquerosa soledad de quien nunca se ha sentido suficientemente querido. Esa misma que comparto contigo. Porque en tu vida nadie te ha querido lo suficiente como para hacerte darte cuenta de lo mucho que vales. Y yo, yo tampoco lo haré. Por mucho que insistas. Porque no lo sé.

 

Tú vales. Así que exígeme. Exígete. O, de lo contrario, darás tu amor a alguien que no lo sabe apreciar.

 

Un chico.

 

 

8 comentarios en “Te diré la verdad

  1. No puedes definir mejor la actualidad de las relaciones.. aunque es cierto que más de uno debería ser menos ambiguo y más sincero en cuanto a sentimientos!! Pero tienes toda la razón en lo que escribes.. es una pena esta moda de ahora, ya no se apuesta por relaciones de verdad!

  2. Wow ojala los escritores que tienen en sus manos está gran herramienta, la usen cuidadosamente para hacer descubrir el amor en los demás….wow! Al parecer nos parecemos, yo también amo ser un ser que muestre el amor que tenemos cada uno dentro, tu con tus letras yo con mi ser. Abrazoooteeeee

    1. Wow demasiado razón… Amo a alguien que me trata como un trapo, y por el que yo daría todo. Hoy todo cambiará. Me hizo bien el texto ver la realidad y sufrir por algo que lastima.

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