Día 1: ¿Y dónde está ahora el amor?

Solo hay lluvia en mi cristal. Vagos recuerdos de un día –que por mi culpa– nunca llegó a hacerse realidad. Y mata pensar en todo lo que pudo y no fue. En desayunarte cada mañana como al café. A primera hora. Lo primero del día. Como ese suave suspiro entremezclado de realidad y de ficción.

 

Viviendo consagrados al amor cada uno de nuestros días, ¿no es eso acaso un sueño? ¿una suerte a la que tan solo un puñado de escogidos están llamados? Los otros, nosotros, el resto de los mortales, tratamos de progresar a prueba y error. En una marea que nunca cesa e invariable como la luna trae con perfecta constancia agua salada a nuestras lágrimas. Que se repiten ahogadas en su propio dolor. Solitario e incomprendido, hasta por aquel que más nos amó.

 

¿Y dónde está ahora el amor?” grita enfurecida mi sangre, “¿A dónde ha ido mi protector si no existe más que mentira en este mundo, agitada en forma de belleza, en el ocaso del verano, mezclada a tragos con desilusión?

 

Y ahora descubro como esas poesías que tanto prometían no eran más que arena que el viento se llevó. El peor de los engaños. La traición. Pues peor que el insulto fue el piropo que le precedió. Y frágil. Tan frágil me he roto en mi propio dolor que no sé qué me pesa más: si el miedo o tu desaparición.

 

¿Qué importan las palabras y todo el tiempo que pasó? Los minutos del reloj, en verdad, nunca giraron pues en tu presente ya no importa mi pasado. Ni las horas, ni todos esos años en los que sin saberlo te extrañé. Todas esas anónimas cartas que te escribí ni lo mucho que esperé. Ahora, todo es vana ilusión. Pues el delito se castiga con la pena de muerte. Y mi voluntad ansiosa de tenerte murió en el destello de tus ojos marrones, atravesados por mi mirada y tus sueños.

 

Soñé que vivía y no hacía otra cosa sino moría. En cada paso que olvidé la importancia de todo cuanto tenía. Tú. Tú, destello fugaz de lo que pudimos llegar a ser, no pierdas la esperanza. Y, por encima de todo, cree.

 

Vic

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