Diario de un Unaver: A la salida de la biblioteca

¿Cómo fue? Algo así, a la salida de la biblioteca:

– ¿Puedo invitarte a tomar algo?
– Lo siento, no me apetece –respondió ella sin saber si estaba halaga u ofendida ante la proposición
– ¿Por qué? ¿tienes algo mejor que hacer? –insistió él
– La verdad es que sí –sentenció tajante

Ante la duda, decidió dejar de insistir. Le gustaba y, aunque su oportunidad podía morir en aquel mismo instante, no quería molestarla. Había visto a muchos chicos insistir, conseguir el teléfono o, más sencillo aún, agregarla al Facebook (a ella y a tantas otras) y empezar a darle conversación. Muchas veces podía quedar en nada. Pero, muchas otras, si uno era un poco “mono” y “simpático” no era tan difícil que alguna de las chicas aceptara para ir a tomar algo. Desde una pantalla y con tiempo para jugar a las cartas era mucho más fácil ganarse la confianza de cualquiera. Lo veía todos los días. Bueno, el mismo, por propia experiencia, lo sabía. Pero, en cierto modo, aquel juego había dejado de gustarle. Reflexionaba a menudo sobre el tema. Más aún cuando veía como de entre las manos se le escapaban oportunidades. Una tras otra. Y siempre le venía a la cabeza la misma pregunta: ¿y si me hubiera esforzado algo más? ¿si hubiese hablado más con ella por whatsapp? ¿si hubiese insistido? Pero, en el fondo, sabía que aquel no era el problema. Aunque le había llevado años descubrirlo. Era algo mucho más sencillo. Quería recordar sus primeras conversaciones. Y quería ver su cara la primera vez que le pidiera salir.

– ¡Espera! –dijo ella– ¿eso es todo? –mientras se acercaba a él, que ya se marchaba. Él sonrió
–¿Sabes? No eres nada fácil.
– No es para tanto –respondió ella–. Simplemente, tenía miedo de que te enamoraras de mí –dijo entre risas, incitándolo a que se mosqueara–

Él inclinó el labio.

–Sólo te he dicho de ir a tomar algo –aunque en su interior sabía que aquello significaba más de lo que expresaban sus palabras
–Invitarme a tomar algo –recalcó ella–
–Entonces, ¿vamos?

Ella asintió y comenzaron a caminar juntos dejando atrás la biblioteca.

 

–¿Haces esto a menudo? –preguntó ella
–¿El qué?
–Invitar a chicas a tomar algo

Él se puso rojo, pero no podía negar que aquella chica era especial

–Depende. Solo si son guapas.
–Así que eres uno de esos que solo se fija en lo guapa que es una chica
– ¡Acabo de hacerte un cumplido! ¿de qué te quejas?
¿De verdad crees que vas a ganarme con tus baratos juegos de palabras?

Él se rio.

–Te gusta la pelea, ¿eh?
Estoy cansada de chicos que se creen originales por hacerme piropos que he oído cientos de veces. Te reconozco que tenía su gracia al principio y sí, si algún día estoy un poco triste, puede que me haga ilusión. Aunque creo que ya ni eso. De verdad, ¿tanto os cuesta ver un poco más allá?
–¿Por qué crees que soy así? –replicó él
– Porque todos sois iguales
– ¿Cómo puedes estar tan segura?
– ¡Porque lo he vivido! Cientos de veces. En mi carne y en la de mis amigas. Y casi siempre es igual. Dime que no tardarías medio minuto en olvidarme si mañana conocieras una chica más guapa y divertida que yo. Por lo menos, sé sincero.

Y no. Ahora no pretendas conocerme. Porque hay dos posibilidades. Que seas un oportunista y pienses que estoy loca, por lo que a estas alturas ya te deberías estar arrepintiendo de haber hecho la primera pregunta y, por tanto, estarás buscando una excusa para escapar; o que seas un buen chico, mejor dicho, un chico de estos buenísimos hasta el punto de casi estar alejados de la sucia y asquerosa realidad, y que te estés compadeciendo de mí, dando vueltas en tu cabeza a lo mal que me han debido de tratar los chicos, única explicación por la que podría pensar así, y, por tanto, seguramente, tu cabeza fantasea con la imagen de cómo puedes salvarme, demostrarme que el amor de verdad existe y que hay excepciones a los imbéciles de turno. Y, ¿sabes qué? Ninguna de las dos opciones me interesa. La primera porque, aunque los capullos, pueden ser divertidos a veces, su planteamiento vital es tan reducido que no es posible tener una conversación seria de más de una hora. La segunda, y deduzco que eres de esos porque aún no has salido corriendo, no te ofendas, pero sois tan aburridos que, a veces, me dan ganas de pegarme un tiro. Simplemente, estoy cansada y no necesito ni un imbécil ni lecciones de esperanza. Así que lo siento si te he amargado la tarde. De verdad que no era mi intención. Pero bueno, supongo que ya es tarde, para pedir disculpas. Ha sido interesante conocerte.

 

– Te crees muy lista, ¿verdad? ¿de verdad crees que todo es tan sencillo?
– No es que lo crea. Lo es. Somos nosotros los que lo hacemos difícil. Y estoy cansada de complicarme. El amor debería ser fácil. Algo ligero. Que emocione y que, al mismo tiempo, dé paz. Algo en lo que descansar. Algo que te acerque a la felicidad no que te haga sufrir más. Una canción. Quizá una nota en la agenda. El sonido inconfundible de su voz. Ganas de verse. De caminar. De que se te quite la vergüenza de bailar. De que ya no importe lo demás. Algo que te haga crecer. Aspirar a mejor y a más. Un helado por la tarde. Que te vengan a buscar. Que te acompañen al portal. Por encima de todo, la extraña capacidad de que te hagan sentir especial. Ahora, en serio, no me sueltes un rollo, pero para ti ¿qué es el amor?
Que alguien esté dispuesto a sorprenderte con algo cada día
–¡Venga! –se echó a reír– Eso no es posible. No durarías ni tres días
¿Apostamos?

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