Diario de un Unaver: la nota

Miércoles 15 de marzo

Nota encontrada en un aula de fcom:

“Te he observado varias veces. Casi siempre te encuentro en el mismo sitio, aunque no siempre a la misma hora. Cada vez que te veo, mi cabeza despega y no soy capaz de pensar en otra cosa. No sé quién eres, pero me gustaría saberlo. Porque esto no me suele pasar, aunque tú ahora pienses que sí. Aunque tú ahora estés pensando en lo raro y estúpido que soy. O peor aún, que soy uno de esos tíos que van abordando a la primera que pasa por delante. Ya sabes, uno de esos que se compran mechero, aunque no fumen solo para poder decir que sí tienen fuego.

 

Pero yo no soy así. Nunca lo he sido. Y ya me estoy muriendo de vergüenza, aunque tú ahora no me estés viendo. Pero ya no sé qué me queda, sino ser sincero.

 

Se supone que esto debería ser fácil. Debería acercarme a ti y preguntarte tu nombre. Preguntarte quién eres y ver qué sucede. Que tú lo pronuncies, quizá algo sorprendida ante mi atrevimiento. Pero que lo pronuncies y, entonces, yo pueda responderte con el mío. No necesito mucho más para tener una excusa y poder hablarte la próxima vez. Y descubrir si queremos salir fuera a hablar. A no tomarnos un café porque es demasiado tópico; pero sí una copa o irnos a cenar. Si te soy sincero, me da igual.

 

 

Temo que te me escapes de entre las manos porque un tío con mechero te ofrezca fuego primero –aunque no sé si fumas–; pero temo más que me confundas con un tío con mechero en el sentido más negativo del término. Siendo claros, un acosador sin escrúpulos que piensa que puede hacer y deshacer a su antojo sin importar lo que se lleve por delante. O peor aún, con un idiota desesperado al que ya no le queda vergüenza.

 

Se supone que esto debería ser sencillo. Puede que como en las películas. Aunque hoy ya nadie quiera crear en los amores de película. Pero, existen. Estoy seguro. Y sé que habrá personas que lean esto y afirmarán con la cabeza recordando a esa persona que tantas veces se ha esforzado en sorprenderlas. Porque existen. Porque, aunque pueda parecer mentira, aún queda gente dispuesta a levantarse en medio de la noche para ir a buscar a su pareja a la estación. Gente que se hace kilómetros y horas de viaje para poder disfrutar de un instante juntos que se graba en la memoria. Gente que se escribe cartas y dedica canciones. Que hablan hasta el amanecer del día siguiente porque la noche se les queda corta. Gente que está atenta en todo momento de su día. Que busca el detalle, abriendo la puerta. Que hace de su vida una sorpresa constante porque ha acabado aceptando que en esta vida por mucho que tratemos de atarlo todo, hay cosas que siempre escaparán a nuestro control.

Y, supongo, que esa es la gracia de esta película. Que por mucho que uno quiera, ha de aceptar que no sabe cómo va a terminar. Uno no puede saber si mañana se quedará sin trabajo o le detectaran una enfermedad que le impida andar. Si los que se suponía que eran sus amigos nunca lo fueron o si aquella chica con la que se cruzó una mirada será su futura mujer.

 

Y, a pesar de todo ello, sí que puedes saber una cosa. Puedes saber que nada hace más feliz en esta tierra que creer en el amor. Y puedes elegir creerlo. Creerlo tan fuerte que estés dispuesto a todo. Como la madre que se levanta en medio de la noche para cuidar a su hijo enfermo. O el joven que madruga y trabaja duro para salir antes de la oficina y llevar a su novia a cenar. Porque se lo prometió.

 

Porque hay gente que aún está dispuesta a prometer cosas. Porque es bonito prometerlas. Comprometerse. Y dejar que nazca la confianza. Porque quien tiene un fin, tiene la fuerza para no rendirse. Porque es cierto que no sabemos dónde acabaremos. Pero el amor. El amor está siempre ahí. Agazapado. Esperando que lo abraces y te dejes llevar por él. Que no sepas a dónde te lleve, pero puedas tener la seguridad que será mejor. Más bello. Más interesante. Más impresionante.

No sé porque te estoy contando todo esto. Supongo que te he visto y algo me ha dicho que debía hacerlo. A pesar de la vergüenza. A pesar del miedo. Sólo se vive una vez. Y, por una vez, he querido serte sincero. Así que dime: ¿puedo preguntar cuál es tu nombre?”

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