Por una mirada

 

Y, sin quererlo, te convertiste en el centro de mi mundo.

 

Era un no parar. Allá donde mirara aparecías. Incluso cuando intentaba no pensar en ti, tu recuerdo venía a mí con más fuerza. Cada día era más difícil sacarte de mi mente y tengo que reconocerte que, realmente ,quería sacarte de mi cabeza.

 

 Estaba a gusto. Yo, mis libros, mi música, el café de media tarde, mi mundo…

 

Pero, como dije, entraste pisando fuerte, revoloteando todo con tu mirada, esa mirada inquieta que me llamaba tanto la atención. ¿Qué buscabas? ¿Qué te inquietaba tanto?

 

No dejaba de preguntarme si en alguna de esas miradas, cuando nuestros ojos se cruzaban, si tú también te habías fijado en mí o solo era un estorbo más para esa incansable búsqueda de tu mirada inquieta. Si eres de los que miran sin ver o, por el contrario, eres consciente de todo lo que ven tus ojos.

 

Una parte de mi cuerpo deseaba que esa mirada jamás se hubiese cruzado en mi camino, pero la otra, sin duda, estaba convencida de que era lo mejor que me había pasado en años.

En mi interior empezó a aflorar un sentimiento tan grande de búsqueda, de curiosidad por esa mirada, por lo que ocultaba, por todo lo que arrastraba con ella que… ¡quise verte más!

 

Me interesé por ti y comencé a buscarte, a querer conocerte, a saber más de ti. Quería ser para ti lo que tu habías conseguido con una sola mirada, la mirada que lo cambio todo. Esa mirada que buscaba sin descanso, pero que cuanto más buscaba menos la veía.

 

Y, es que, igual ahí estaba el secreto.

Igual debía buscar menos y dejar, por una vez, que me buscaran a mí. Que esa incesante mirada que tanto me había impactado, quisiera buscarme, que yo fuera su punto de mira. Igual solo tenía que seguir siendo yo misma.

La chica de ayer.

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