El día que dejé de buscarte, te encontré

Hola. Hace tiempo que no nos vemos. Toda una vida diría yo. No te imaginas lo que he anhelado este momento. Si supieras cuanto tiempo te he estado esperando. No puedes saberlo. Aunque podrás hacerte una idea si tú también me has estado esperando. Por fin. La verdad es que no sé qué hacer.

Te he anhelado en tantas cosas. En relaciones pasadas que se difuminaron en el tiempo dejando a menudo mi corazón roto. Sin que tu estuvieras ahí para recoger los pedazos. Tuve que recogerlos yo sola. ¿Por qué tardaste tanto?

También te anhelé en lo que veía en la calle. En lo que todos tenían y yo por mucho que buscaba no encontraba. Cuantas veces hice como si diera igual. Como si no me importara. Como si yo fuera lo suficientemente fuerte para luego correr a mi habitación a llorar desconsoladamente y sola.

Tanto lloré que se me secaron las lágrimas. Y llegué a pensar que había creado un imposible. Un sueño. Porque cuando dejé de llorar, mis ojos limpios pudieron ver que, a menudo, tampoco los demás tenían aquello de lo que presumían. Vi como los “felices” habían llorado tanto o más que yo. Y me pregunté si podía estar equivocada. Todos me echaban en cara que tenía que bajar el listón pues una persona así, para mí, no existía. Y lloré. Lloré pensando que quizá no vendrías. Y, por culpa de mis lágrimas –quizá egoístas– no te veía.

Solo superado mi dolor, pude ver que los “felices” no hablaban desde el convencimiento sino desde el más profundo de sus sufrimientos. Todos sus insultos y humillaciones no eran más que el signo, la rabia, de aquel que teme que lo que yo pensaba pudiera ser correcto. Y todas las implicaciones que ello conllevaría.

Me aleje de ellos. Corrí. Pues si bien podía ver el motivo de sus críticas contra mí. No siempre pude soportarlas. En aquellos momentos, me juraba que habría de ser fuerte, sino por mí, al menos por ti. Pues, ¿sería justo que mientras tú me esperabas también sólo y desprotegido, yo no aguantara la más mínima contradicción? Tú, sin saberlo, me hiciste fuerte. Me hiciste creer. Me hiciste amarte aun antes de haberte conocido.

Cambió de parecer el amor. Ya no eras la pieza que me faltabas, sino yo la que te faltaba a ti. No era algo pretencioso, solo la conciencia más pura y humilde, de que había nacido para ti y la vocación del amor no es ser servido sino servir. Deje de intentar encontrarte, de forma desconsolada y angustiada, maldiciendo al cielo por la desgracia de estar sola; para pasar a prepararme. A estar lista. Atenta. Vigilante. Disponible para que cuando tú me necesitaras, yo estuviera allí. Ya no era una cuestión de mí, sino de ti. Y tú vendrías, pues yo era esa pieza que te completaba. Vendrías cuando más te hiciera falta. Es posible que hubiéramos corrido en círculos buscándonos sin encontrarnos. No lo sé.

Solo sé una cosa. El día que dejé de buscarte, te encontré.

 

 

Deja un comentario