¿A dónde vas?

¿Por qué? ¿Por qué estás leyendo esto? Quizá prefieras dejar de leer.

 

¿Por qué te levantas cada mañana y te preparas el desayuno? ¿O por qué esta mañana escogiste no desayunar? ¿Por qué te levantaste a en punto? ¿O por qué retrasaste la alarma dos veces más? ¿Por qué te subiste al coche, cogiste el metro, el autobús o has decidido caminar?

 

¿A dónde vas? ¿Lo sabes?

Puede que vayas al colegio. Al trabajo. A la universidad. Puede que te emocionen las clases o que te aburran tanto que hayas dejado de ir. Puede que sigas yendo porque las estás pagando. O tus padres. Quizás estás obligado u obligada. Quizás vas por ese chico. O porque has probado a quedarte en casa y te aburre todavía más. Quizá tienes miedo. Quizá lo haces porque lo hacen todos los demás. ¿Por qué? ¿Por qué lo haces?

 

¿Es por fama? ¿para ser mejor? ¿para ganar dinero? ¿para ayudar a alguien? ¿para sentirte mejor? ¿para ser feliz? Una pregunta, ¿eres feliz?

 

Quizá no lo sabes. Quizá no sea tanto que no lo sepas, sino que tienes miedo de tener una respuesta. Quizá me esté metiendo donde no me llaman. ¿Quién soy yo, acaso, para interrogarte sobre tu felicidad?

En realidad, yo no soy nadie. Si acaso, un amigo. O amiga. Seguramente, nunca lo sabremos. Ya que cada vez que me acerco tú me echas para atrás. Tranquilo. Tranquila. Te entiendo. La mayoría de las veces puedo ser bastante aburrido. No sé entender tus problemas. Es más, te hablo de los míos o te doy lecciones inútiles que, seguramente, por dentro te hagan enfadar. La verdad es que, muchas veces, he sido bastante inútil. Pero, una cosa, te quiero. Supongo que eso algo tendrá que contar, ¿no? Te quiero, pero tú no lo sabes. La mayoría de las veces no lo sé ni yo.

 

He intentado querer tantas veces que ya no entiendo ni lo que es. Curioso, ¿verdad? ¡Nah! La verdad es que no creo que sea demasiado original. Seguro que a ti también te ha pasado. Digamos que “lo de quererse” no está muy de moda. Quererse bien, quiero decir. Eso que notas cuando no te están usando. Alguien que se acerque a ti y se atreva a quedarse. Aunque no le des nada a cambio. Si lo piensas es bastante alucinante. Sobre todo, porque entiendo que lo de “usarse” es normal. Aunque suene mal y nadie quiera decirlo en voz alta.

Pero, entonces, llega alguien que te quiere. ¿qué haces? He notado que muchos tratamos de poner a prueba ese “querer”. Seguro que tiene algún truco. Una intención que no percibo. Pero nada. Esa persona te quiere. Y da igual lo que hagas. Y no es idiota. No se va a quedar de brazos cruzados mientras le escupes a la cara, pero te quiere. A mí me pasó. A mí me cambió la vida.

 

Y fue así. Hablando. Desnudando pensamientos, sentimientos, intenciones y, en último término, nuestra idea de felicidad. Por supuesto, yo no tenía ni idea de lo que era. Pero alguien me animó a preguntar. Y fiarme. Confiar. Ponerme en sus manos. Dejarme llevar. Así se quiere. Dejándose amar.

Te lo cuento porque te veo por la calle. Sentada en frente en clase. Y también en la terraza de algún bar. Escondiendo tus miedos y defectos en las botellas. O peor aún, en la soledad. Te lo digo porque muchas veces yo estoy al fondo de la botella y, por vergüenza, no me atrevo a mirarte. Porque de la botella yo vacío las lágrimas que tu llenaste en soledad. Soy tan imperfecto que no me atrevía a mirarme al espejo. Hasta que alguien me quiso. Hasta que alguien me enseñó que no podía quererme sino me quería yo. Y me preguntó:

 

¿eres feliz? ¿a dónde vás?

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