Mi mejor recuerdo

Aún recuerdo esos primeros días, las conversaciones interminables, nuestras miradas buscándose en las fiestas, en los bares o por la calle. Ese escalofrío que recorría mi cuerpo cada vez que recibía un mensaje tuyo, una llamada, cualquier señal que me hiciera pensar que tú te habías acordado de mí. Daba igual. Quizá todo podía estar en mi cerebro, pero para mí era tan cierto como que respiraba. Quizá hacías lo mismo con tantos otros chicos (aunque yo sé que no), pero no me importaba. Mi corazón se agitaba. Y por mucho que tratara de explicarlo no encontraría las palabras.

Aún recuerdo todos nuestros paseos, cogernos de la mano como dos niños traviesos. Mirarnos y sonreír. Recuerdo todas nuestras noches en vela. Nuestras discusiones de filosofía y sobre cómo vivir la vida. Que, al fin y al cabo, no dejan de ser la misma cosa. Nuestros rebotes absurdos. Y todas las veces que nos llevamos la contraria. Ceder y contraatacar para acabar volviendo a hacer las paces siempre antes de que dieran las doce. Pues teníamos un pacto: nunca irnos a la cama enfadados.

Y nos podíamos enfadar mil veces, pero siempre honrábamos aquella promesa. Y qué felicidad me daba que, pasara lo que pasara, al final del día siempre hacíamos borrón y cuenta nueva ¡Qué bien lo recuerdo! Por eso, todos nuestros amaneceres siempre estaban cargados de esperanza. Y fuera lo que fuera que hubiera sucedido el día anterior, el día presente habría de ser mejor.

Y fue con esa sencillez como nos acostumbramos a vivir en el detalle. A salir de nosotros para conocernos en los ojos del otro. Era tan bonito como me veías… ¿qué cómo no iba a hacer todo lo posible por no defraudarte?

Aún recuerdo cómo me esforzaba. Las cartas que te escribí. Las melodías que me inspirabas. Tus ojos, tu pelo, tu sonrisa, tu forma de acercarte, de darme un beso, de decir “hola”, de decir “adiós”, tu forma de cogerte el pelo, de morderte un labio, de disimular tu nerviosismo o tu falta de interés, de enfadarte y no reconocerlo, de estar agobiada y de estar incómoda en un sitio. De decírmelo sin decírmelo. De irnos. De dejarte mi abrigo. De que me quitaras el jersey. De morirme de frío y tensar todos y cada uno de mis músculos para tratar de no temblar. Y, aun así, siempre temblaba. Si no era por el frío, era por ti.

Recuerdo salir a cenar. Reservar o improvisarlo. Acabar siempre en el mismo sitio. Y es que sino acabábamos recorriendo Madrid sin guía ni destino. Pero las calles nunca se cansaban de nuestros pies, y en los bancos del parque siempre encontrábamos algún sitio. Recuerdo mirar las estrellas y quedarnos callados. Escuchar tu respiración. Y hablar en el silencio.

Recuerdo todas las películas que vimos y, sobre todo, las que no vimos. Todas las historias que inventamos. Las canciones que nos pasamos y nuestros libros preferidos. Recuerdo tenerte sentada en frente de mí, mirarte mientras hablabas y sonreír. Sin que te dieras cuenta (o sí, no lo sé), sonreír para mis adentros y pensar: ¡qué suerte tengo! Recuerdo ver pasar el tiempo volando y recuerdo ser feliz. Con todo, ser feliz. Contigo, ser feliz

Lo recuerdo como si fuera ayer. Y la verdad es que después de tantos años, recuerdo todo esto porque nada de lo que he dicho, hemos dejado de hacerlo. Y cada día sigue siendo tan especial como el primero. Cada día sigue siendo mi mejor recuerdo.

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