El corazón tiene razones que la razón no entiende

Las historias de amor no se pueden cuadrar. A veces, a uno le sorprenden sin que se lo espere y, pase lo que pase, solo sabe una cosa: ya no volverá a ser el mismo.

Da igual como acaben, de quién fuera la culpa, quién fue más tonto o quién bebió más. Da igual si fueron amigos, novios, conocidos o, incluso, pre novios (para aquellos que se gustaron, pero nunca se llegaron a declarar). Y da igual, porque cuando duelen o enfadan, lo único que quiere decir es que hubo amor de por medio.

Da igual porque no existen dos historias de amor iguales, de la misma forma que no existen dos seres humanos idénticos. Y da lo mismo lo mucho que te esfuerces en explicarle a alguien los detalles, o cómo fue, o cómo te sentiste, porque nadie lo va a entender. Tú fuiste tú, ocupando ese margen de tiempo y espacio; el único afortunado, único testigo de una historia de doble cara que jamás nadie podrá comprender por completo. Y si puede resultar frustrante, me consuela imaginar que, si no fuera por esto, el amor no sería tan único y maravilloso.

Cada persona es única e irrepetible. Un libro lleno de historias ansiosas por que alguien se detenga el tiempo suficiente para leerlas. Y es que el amor es tiempo. Y no es fácil encontrarlo en un mundo que gira a tanta velocidad. Acostumbrados a las ofertas del último minuto, nos aterroriza el pensar que el amor se nos vaya a escapar de las manos si no nos damos prisa. Crecemos con más vale pájaro en mano que ciento volando; pero no nos explican que el amor sigue sus propias reglas y su propia lógica. El amor no es un impulso desenfrenado e impaciente que se amolda a las demandas del consumidor tras un estudio de mercado. El amor no es un producto ni un mero sentimiento. No es el yo, es el . Y el dedicarle la paciencia y el tiempo necesario.

Es hacer kilómetros y horas. Palabras. Frases. Y, sobre todo, silencios. Es contemplar y mirarse. Verse dentro del otro y dejar que el otro entre hasta el fondo. No destruye; más que las innecesarias barreras que a base de golpes y heridas nuestro propio corazón fue construyendo para protegerse. Es una tormenta que trae paz. Que calma las ansias. Que te reconecta con lo más íntimo de tu ser. Aquello que uno no es capaz de apreciar porque no dispone de la distancia suficiente para observarse. 

Es recorrer todas las carreteras interminables de un paisaje que nunca se agota. Porque aun siendo el mismo, no hay dos días que lo verás igual. Continuo movimiento que crea, transforma e inspira. No hay hora, ni minuto que no revele un nuevo secreto para quien es capaz de mirar con los ojos adecuados. Y, por eso, para quien tiene la suerte de encontrar en el Amor la paz y el movimiento, lo eterno es posible y deja de dar miedo.

En un mundo de consumo inmediato, de aquí y ahora, esto puede resultar ilusorio, ingenuo o, incluso, estúpido; pero si robamos al amor su característica más innata: la entrega de uno mismo, ¿a dónde vamos a parar?

Si borramos los absolutos, los para siempre, empequeñecemos sin darnos cuenta aquello que nos hace más grandes. En nuestro interior late con fuerza ese deseo. Basta con un poco de contemplación y silencio. Ese impulso natural de algo más. Por eso, mientras vivamos no dejaremos de buscar el bien. A veces, cueste lo que cueste.

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