¿Brillas?

Observar. Observar a mi alrededor. Debería hacerlo más a menudo. A veces, es por vergüenza, otras por miedo, por pereza o, incluso, por indiferencia. ¡Qué sencillo resulta avanzar entre las situaciones y la gente sin dedicar más de medio segundo a contemplar! ¡Qué fácil plantearse delante de un gran lago, una montaña, un acantilado o un precipicio y dejarse maravillar (o, como sucede la mayoría de las veces, pretenderlo)! ¡Qué fácil es sentirse ofendido ante esta afirmación y tantas otras, no haciendo otra cosa que dando valor a las palabras de aquel que las pronuncia!

No se ofende quien genuinamente disfruta de los placeres de la vida, pues no tiene necesidad de demostrárselo a nadie. La felicidad que se deriva de ellos es más que suficiente. Y lo suficientemente grande como para sobreponerse a cualquier comentario estúpido del engreído o farsante. El que, verdaderamente disfruta, se ríe. Se ríe siempre que tiene ocasión. No de una forma ofensiva. Todo lo contrario. Y se ríe porque una vez comprendió que todos sus esfuerzos en disimular esa pretendida alegría iban dirigidos a personas a las que apenas importaba. Y, desde entonces, cuando dejó de demostrar a los demás lo feliz que era; comenzó a demostrarse a sí mismo qué le hacía feliz. Y eso era mucho más sencillo porque la felicidad jamás genera ni un poco de ansiedad. Entonces, entendió qué le hacía feliz. Y, poco a poco, desarrollo esa especie de capacidad sobrenatural que solo pueden distinguir aquellos que comprenden de la vida y, los otros, si acaso llegar a admirarla en su desconcierto. Esa capacidad de disfrutar hasta de los dolores inevitablemente ligados a esta vida.

Esta persona convierte cada hora en un misterio y un viaje solo de ida en el que lo importante no es el destino o saber que quizá no volverás, sino el trayecto. Porque lo que uno ve en un viaje es, sobre todo, lo poco que ha visto. Y es tal el deseo ardiente de comprender que hay tantas cosas que despiertan el alma que solo un tonto perezoso y aburrido preferiría una rutina segura y ordenada en la que sepa en todo momento lo que ha de venir mañana.

Y claro que se puede viajar en la rutina. De hecho, llegan a ser los viajes más impresionantes. Pues antes no hablaba de la rutina exterior sino de la interior. Y es que hay una clase de personas cuya habilidad para salir de una habitación sin moverse de ella no deja aún de sorprenderme. Esos ojos que ven en una copa de cristal el reflejo del más allá y transcienden el tiempo, no porque este no avance, sino porque uno ya no siente la necesidad de mirar el reloj cuando está con ellos. Uno no puede imaginarse actividad mejor, por muy bien valorada que esté por la sociedad, que una conversación con ellos. Y esto, no es tanto por su ingenio o su capacidad, sino por la facilidad con la que despegan de este mundo y te hacen, aunque sea por momentos, olvidar esos temores y preocupaciones que, a menudo, nos persiguen.

No son los más listos. Ni los más atractivos. Ni si quiera los que hablan mejor. De hecho, a menudo pasan desapercibidos. Son diamantes en bruto. Estrellas que proyectan luz. Pero las nubes, propias y ajenas, a menudo las ocultan. Y hoy y, seguramente siempre, sobran nubes. Por eso, a estas estrellas siempre suele ser más fácil encontrarlas en la oscuridad. Cuando las nubes no se ven y ellas, por difícil que estén las cosas, no se van. Siempre alumbran. Están acostumbradas. A menudo lo han pasado mal, por eso, ya no les asusta la oscuridad.

Por eso, observa. Observa tu alrededor. Atraviesa las nubes. No te quedes en lo superficial. Porque no sabes lo que te pierdes y si encuentras una estrella, no la dejes marchar. Porque ellas han comprendido el sentido de la felicidad. Brillan con luz propia. No la necesitan reflejar.

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