Eres

Hueles al sol. A sus rayos por las mañanas cuando acarician mi pelo con su calor. A la brisa que se cuela por la ventana y refresca e inspira. A esa melodía que ha quedado encerrada en mi corazón.

 

Contradices mis instintos y mis sentimientos. Cada una de mis decisiones. Haciendo que tenga que recular una y otra vez con el único propósito de captarte. Y, aunque pudiera renunciar a esa tarea, mi corazón lamentaría con el paso de los años esta oportunidad perdida.

Eres mi mayor frustración y pura adrenalina. No hay quien te entienda, ni quien me entienda a mí cuando trato de entenderte. Menos aún mi incansable capacidad de seguirte a todas partes. Pero me das eso que le falta a la vida. Ese sabor dulce y ácido que embriaga mi alma y todos mis sentidos. Tus caminos no son fáciles, y pintas de colores todos los grises. Son esos contrastes los que te impiden pasar desapercibida. Los que te hacen tan interesante y tan atrevida.

Retas con tu sonrisa y tus risas las reglas que un día nos enseñaron en las aulas, sentados, cuando, quizá, algún día, en nuestros sueños ya nos habíamos encontrado. Decían que estabas en la luna. ¡Y qué razón tenían! Aunque jamás imaginaron ni imaginarán a qué se referían. En esas cuatro paredes en las que la física y la química salían del laboratorio para esconderse en cada una de nuestras conversaciones. En las que mi corazón daba un vuelco tan grande que no había ley de la gravedad que lo explicara. Son tonterías. Pero a mí me bastaban. Caminar por la calle. Mojarnos con agua. Compartir auriculares y escuchar una canción que solo a ti o a mí me gustaba.

Pequeñas cosas. Como el verde que bañaba tus ojos al atardecer cuando te miraba de frente. No solo tu cara, tu pelo, tu figura; sino cada palabra, cada creencia. Eres tu propia ciencia. Y la excepción a tu regla. Una llama que arde y quema con frescor. Que no destruye a su paso, sino que alivia y genera confusión. Y yo no puedo apagarla o extinguirla, tan solo contemplarla. Sabiendo que es vano cualquier intento de predecir su movimiento. Inútil tratar de dominarla. Y en la fascinación de contemplarte y escuchar tus latidos, hacerte un hueco. A ti y a mi alegría.

Eres la alarma de quien duerme durante el día. Despiertas lo dormido. Lo que ni si quiera uno sabe que existe. Amarga como el café, dulce como la vainilla. Tras las cortinas, ves lo que otros no ven. Inspiras poesía en la rutina de cuantos te rodean. Música en cada uno de tus movimientos. Y tienes esa capacidad para señalar con el dedo a lo que da más miedo. Para verlo de frente y sacar, si se puede, algo bueno. A veces, es hiriente. A veces, duele. Pero del dolor has aprendido lo que más importa en esta vida. Por eso, da igual lo que te digan o lo mucho que traten de retenerte. Tú saltas sin paracaídas. Con la confianza de quien ha dejado de temer a la muerte.

Cuanto he aprendido. De seguir adelante, digan lo que digan. Pues en ti he visto tantas injusticias. Y, aunque te pesen, todos esos comentarios y cosas que desde pequeña te dijeron. Aunque, a veces, te vuelvan insegura. No has perdido la fe. Y has comprendido que, para querer, antes tienes que quererte. Eres frágil y dura. Eres fuego y pasión. Inocencia y atrevimiento. Un salto al vacío, que arrastra, aunque no quieras, a todo el que se cruza contigo. Eres el sol que ilumina mi vida.

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